La Mariblanca

La Mariblanca, escultura de mármol blanco identificada tradicionalmente con la diosa Venus, constituye uno de los testimonios más antiguos del pasado urbano madrileño. En 1616 se encomendó a Juan Gómez de Mora la construcción de una nueva fuente que sustituyera a otra mucho más sencilla situada entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Sin embargo, el proyecto definitivo fue diseñado por el ingeniero italiano Rutilio Gaci y ejecutado a partir de 1618.

La figura que coronaría la fuente fue encargada a Ludovico Turqui, escultor y comerciante de antigüedades que regresó de Florencia en 1625 con esta pieza y otras cuatro. No está claro si la estatua fue adquirida allí o si salió de su propio taller. Según la tradición, durante el traslado sufrió daños y llegó a Madrid sin cabeza. La imagen representa a Venus, aunque posteriormente se reinterpretó como alegoría de la Fe. El pueblo la bautizó pronto con el nombre de “Mariblanca”. El conjunto monumental, conocido como fuente de las Arpías o de la Fe, quedó concluido en 1630.

La fuente presentaba un gran pilón octogonal adornado con escudos, cartelas y mascarones por donde manaba el agua. Sobre él se elevaba un segundo cuerpo decorativo con surtidores, grandes conchas y cuatro arpías —criaturas aladas con torso femenino— que sostenían la estructura superior. El abastecimiento procedía del viaje de agua del Abroñigal Alto, alimentado por corrientes vinculadas al entorno del Manzanares, sistema que funcionó desde 1614 hasta bien entrado el siglo XIX.

Con el paso del tiempo, el monumento sufrió diversas reformas en su pedestal hasta que, en el siglo XIX, la fuente original fue desmontada y la estatua trasladada a una nueva instalación en la Plaza de las Descalzas Reales. Entre 1912 y 1969 permaneció en el Parque de El Retiro. Posteriormente se colocó en el Paseo de Recoletos dentro de un pequeño templete, hasta que actos vandálicos obligaron a retirarla. Tras su restauración, fue instalada en el vestíbulo de la Casa de la Villa, donde se conserva actualmente.

En su lugar se colocó una réplica de piedra en la Puerta del Sol, inicialmente situada cerca del emplazamiento de la fuente primitiva, entre Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Tras la remodelación de la plaza en 2009, la copia fue reubicada y hoy se encuentra junto al comienzo de la calle del Arenal.

La Calle del Codo

Recorrer la Calle del Codo es como abrir una puerta al pasado y sumergirse en pleno Siglo de Oro español. La tradición sostiene que este angosto pasaje fue escenario habitual de duelos y ajustes de cuentas entre espadachines que preferían resolver sus diferencias lejos de miradas indiscretas.

Su escasa iluminación y su trazado estrecho creaban el ambiente ideal para estos enfrentamientos: un lugar apartado, silencioso y propicio para choques rápidos de acero al amparo de la noche.

Con una longitud aproximada de 80 metros y un recorrido quebrado que describe un ángulo cercano a los 90 grados, la calle recibió un nombre tan literal como evocador: “del Codo”, en alusión a su característica forma doblada.

 Esta antiquísima vía madrileña no solo es recordada por los duelos que en ella tuvieron lugar, sino también por una anécdota legendaria vinculada a las peculiares costumbres de Francisco de Quevedo, uno de los ingenios más mordaces del Siglo de Oro.

Se cuenta que el escritor, al regresar de sus habituales rondas por las tabernas cercanas, solía aprovechar la penumbra y el angosto trazado de la calle —que ofrecía discreción y resguardo— para aliviar la vejiga.

Esta práctica terminó por exasperar a los vecinos. Cansado de la situación, uno de ellos decidió dejar un aviso tan contundente como piadoso: pintó una cruz en el muro y añadió una frase destinada a disuadir al infractor:

«No se mea donde hay una cruz».

Lejos de intimidarse, Quevedo —fiel a su sarcasmo y desvergüenza— respondió con una réplica escrita junto al símbolo, invirtiendo el argumento con su habitual agudeza:

«No se pone una cruz donde se mea».

Así, entre irreverencia y humor, la tradición popular convirtió este episodio en una de las leyendas más conocidas del viejo Madrid, donde la picaresca literaria parece fundirse con las piedras de sus calles.

El Madrid de los Austrias

Se denomina Madrid de los Austrias al sector del casco histórico que adquirió un protagonismo excepcional gracias al establecimiento permanente de la corte durante el largo periodo de hegemonía de la Casa de Habsburgo en España. Este ciclo abarca desde 1506, cuando Felipe I el Hermoso fue reconocido como rey consorte de Juana I de Castilla, hasta la muerte sin descendencia de Carlos II en 1700.

El área comprende algunos de los espacios más emblemáticos del centro histórico de Madrid: la Plaza Mayor, Descalzar Reales, Real Monasterio de la Encarnación, Palacio Real (Antiguo Alcazar)  y la Plaza de la Villa. Estos lugares concentraron la vida política, ceremonial y comercial de la capital, reflejando el poder de una monarquía que convirtió a la antigua villa castellana en centro neurálgico de un imperio.

En los siglos XVI y XVII, la ciudad se extendía más allá de los límites que hoy se asocian a esta denominación. Por el norte alcanzaba zonas hasta la Glorieta de San Bernardo, mientras que hacia el este llegaba hasta el Paseo del Prado. que marcaba entonces el borde oriental urbano. Sin embargo, muchas de estas áreas adquirirían su mayor esplendor en épocas posteriores.

A diferencia del perímetro histórico claramente definido por la cerca levantada en tiempos de Felipe IV, el llamado Madrid de los Austrias —tal como se promociona hoy— no posee fronteras precisas. Se trata más bien de un ámbito cultural y turístico que ocupa parte de los actuales barrios de Sol y Palacio, dentro del distrito Centro.

No todos los monumentos impulsados por los monarcas Habsburgo se encuentran dentro de este itinerario. Algunos conjuntos de gran relevancia histórica quedaron fuera por razones geográficas. Entre ellos destacan el Salón de Reinos y el Casón del Buen Retiro, vestigios del desaparecido Palacio del Buen Retiro, antigua residencia cortesana rodeada de jardines.

Asimismo, ciertas áreas con menor monumentalidad visible pero enorme peso cultural tampoco suelen incluirse en la categoría turística. Un caso paradigmático es el Barrio de las Letras, articulado en torno a la Calle de las Huertas, donde coincidieron figuras esenciales del Siglo de Oro como Lope de Vega, Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo.

Tampoco se incluyen habitualmente enclaves vinculados al ocio y a la caza real, como la Torre de la Parada en el Monte de El Pardo, o la Casa de Campo, concebida por Felipe II como finca de recreo y reserva cinegética.

En conjunto, el Madrid de los Austrias no es solo un espacio geográfico, sino un concepto histórico que evoca el momento en que la ciudad se transformó en capital de un imperio global. Sus plazas, palacios y calles constituyen el núcleo más antiguo y simbólico de la metrópoli actual, testimonio vivo de la política, la cultura y la vida cotidiana de la corte durante casi dos siglos.

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Villa y corte de Madrid

El 8 de mayo de 1561 Felipe II decidió trasladar la capital del reino a Madrid. Durante años, los historiadores han debatido los motivos de esta decisión del hijo de Carlos I. Según la leyenda, Carlos I aconsejó a su hijo que no trasladara la capital a Madrid «a menos que quisiera perder su reino». Sin embargo, Felipe II tenía buenos motivos para oponerse a su padre: Isabel de Valois, su tercera esposa, no se sentía como en casa en el alcázar de Toledo y prefería los alrededores de Madrid. Este cambio de capital consolidó el poder de los Austrias, eliminó la influencia eclesiástica de la antigua Toledo y castigó a Valladolid por apoyar una revuelta civil. En pocos años, la ciudad de Madrid tuvo un fuerte crecimiento demográfico. Durante la segunda mitad del siglo XVI, la ciudad duplicó su superficie (de 134 hectáreas en 1565 a 282 a finales de siglo) y multiplicó siete veces su población (de 12.700 habitantes en 1561 a 90.000 en 1597). A finales del siglo XVI, la población superaba los 100.000 habitantes, con una mezcla de extrema riqueza y extrema pobreza. La ciudad adquiere un nuevo aspecto con calles principales, paseos ajardinados y zonas comerciales, donde se pueden ver carruajes, caballeros con sirvientes, damas con doncellas, monjes, abogados, soldados y guardias de servicio. Pero también estaban las zonas más desfavorecidas, como San Gil, Las Vistillas, La Morería, Avapiés y el extramuros, donde se concentraba la población más pobre y marginada, atraída por la imagen de Madrid y que acabaron como personas sin hogar conviviendo con criminales que luchaban por sobrevivir en la ciudad

La ciudad comenzó a expandirse siguiendo las rutas que partían desde su núcleo. Las principales arterias conectaban la villa con otros destinos: la calle de Alcalá conducía hacia Alcalá de Henares, la carrera de San Jerónimo llegaba al monasterio del mismo nombre, y la calle de Atocha enlazaba con el santuario homónimo. Hacia el sur, el camino de Toledo y, hacia el norte, los caminos de Hortaleza y Fuencarral, guiaban la expansión urbana en esas direcciones.

Fui sobre agua construida……

 El que se considera el primer símbolo heráldico de Madrid, fechado hacia el siglo XII, mostraba un pedernal parcialmente sumergido en agua, acompañado a ambos lados por eslabones que golpeaban la piedra de sílex, generando chispas. Rodeando este emblema figuraba una inscripción en latín: «Sic gloria labore» (así se alcanza la gloria mediante el esfuerzo), y se completaba con una leyenda en castellano que decía: «Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón». Este antiguo lema, casi desaparecido de la memoria colectiva de los madrileños, apenas deja rastros en algunas calles de la ciudad.  

Fue el emir Mohamed I de Córdoba, quien gobernó entre los años 852 y 886, el responsable de establecer el primer asentamiento estable en la zona donde hoy se alza el Palacio Real. Allí construyó una atalaya o hisn en el valle medio del río, con el propósito de controlar y vigilar el paso de quienes transitaban en dirección a Toledo.

Este enclave militar inicial dio origen a un núcleo urbano que fue creciendo paulatinamente hasta conformarse por dos partes fundamentales: la Almudaina —vocablo que proviene del árabe al-mudayna, que significa ciudadela— y la Medina, es decir, los barrios que se encontraban dentro del recinto amurallado. La elección del emplazamiento no fue casual: su posición estratégica era sobresaliente, situada a unos 70 metros de altura sobre el río Manzanares, lo que ofrecía una clara ventaja defensiva.

El origen del nombre “Mayrit” ha sido objeto de distintas interpretaciones por parte de los investigadores. Una de las hipótesis sostiene que proviene del término árabe Mayra, que puede traducirse como “madre” o “matriz”, unido al sufijo “-it”, que indica lugar. Otra teoría apunta a una combinación entre la palabra árabe Maǧra —que significa cauce o curso de agua— y el sufijo romance “-it”, que denota abundancia, dando como resultado el significado de “lugar abundante en aguas”.

Aprovechando tanto la riqueza hídrica del subsuelo como la ventaja geográfica del emplazamiento, los musulmanes fundaron Mayrit en el siglo IX. Expertos en técnicas hidráulicas, desarrollaron un sistema eficiente de gestión del agua, utilizando norias, acequias, canales, albercas y conducciones subterráneas para captar, almacenar y distribuir el recurso con gran habilidad.