Recorrer la Calle del Codo es como abrir una puerta al pasado y sumergirse en pleno Siglo de Oro español. La tradición sostiene que este angosto pasaje fue escenario habitual de duelos y ajustes de cuentas entre espadachines que preferían resolver sus diferencias lejos de miradas indiscretas.
Su escasa iluminación y su trazado estrecho creaban el ambiente ideal para estos enfrentamientos: un lugar apartado, silencioso y propicio para choques rápidos de acero al amparo de la noche.

Con una longitud aproximada de 80 metros y un recorrido quebrado que describe un ángulo cercano a los 90 grados, la calle recibió un nombre tan literal como evocador: “del Codo”, en alusión a su característica forma doblada.
Esta antiquísima vía madrileña no solo es recordada por los duelos que en ella tuvieron lugar, sino también por una anécdota legendaria vinculada a las peculiares costumbres de Francisco de Quevedo, uno de los ingenios más mordaces del Siglo de Oro.
Se cuenta que el escritor, al regresar de sus habituales rondas por las tabernas cercanas, solía aprovechar la penumbra y el angosto trazado de la calle —que ofrecía discreción y resguardo— para aliviar la vejiga.
Esta práctica terminó por exasperar a los vecinos. Cansado de la situación, uno de ellos decidió dejar un aviso tan contundente como piadoso: pintó una cruz en el muro y añadió una frase destinada a disuadir al infractor:
«No se mea donde hay una cruz».
Lejos de intimidarse, Quevedo —fiel a su sarcasmo y desvergüenza— respondió con una réplica escrita junto al símbolo, invirtiendo el argumento con su habitual agudeza:
«No se pone una cruz donde se mea».
Así, entre irreverencia y humor, la tradición popular convirtió este episodio en una de las leyendas más conocidas del viejo Madrid, donde la picaresca literaria parece fundirse con las piedras de sus calles.

